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Recomendación: Los justos, de Albert Camus

Actualizado: 28 may




Camus escribe en una carta a Maria Casares en 1950: "Cuando me da por pensarlo, me noto en lo más hondo como un estremecimiento que raya en no sé qué angustia que me supera. Se trata de un sentimiento en los límites de lo humano; pero no quiero recurrir a grandes palabras."

El dilema trágico de Los justos (1949) son dos fuerzas que se oponen en pos de la destrucción de una de ellas: el amor y la justicia. Esencialmente vinculadas, la obra problematiza esta relación apriorísticamente evidente.

Un grupo de revolucionarios rusos se prepara para un atentado a los zares. Son jóvenes y soñadores: aman al pueblo ruso, quieren liberarlo y están dispuestos a sacrificar sus vidas para lograrlo. Matar al Duque les llena de felicidad, rebosan de amor por aquello que tienen fe que obtendrán. Pero cuando Kaliáyev va a lanzar la bomba que fuera a asesinar al Duque, se encuentra con que este lleva de la mano a dos niños. Dóra, la única mujer del grupo, ya se lo había advertido: no se puede matar a un hombre al que has mirado a los ojos. El sentimiento de justicia se articula en torno a la idea del amor por el pueblo, la justicia es defendida como amor, pero la herramienta para luchar por ella es el odio, y este conflicto irresoluble es el que mueve a los personajes en la indecisión.

Dóra introduce el amor en este debate acerca de la justicia, tanto como argumento (o idea), como realidad. Es un amor femenino (sigue siendo Camus quien habla, al fin y al cabo), que se opone al amor de los hombres, un amor abstracto, amor por los ideales, por los principios. Amar la Justicia, querrá demostrar Dora, es inútil mientras no se ame al individuo, de cerca, con la piel y las palabras.

Quien llega hasta aquí ya lo ha leído en El malentendido (1941):

MARÍA: No, los hombres nunca saben cómo hay que querer. Nada les satisface. Lo único que quieren es soñar, imaginar nuevos deberes, buscar nuevos países y nuevos hogares. Mientras que nosotras sabemos que lo principale es quererse, compartir el mismo lecho, cogerse de la mano, temer la ausencia. Cuando se quiere a otra persona, no se sueña con nada (p. 118).

En este debate acerca de la justicia y de lo que hay que hacer, o sacrificar por ella, el conflicto amoroso se introduce para cuestionar si la idea de justicia si quiera es cierta, si puede ser productiva, sobre qué se sostiene, para traer a primer plano una dimensión mucho más tangible del amor, una dimensión que busca el límite y que quizás sea más importante que la abstracción de grandes aspiraciones: la ternura.

Para cerrar, aquí os dejo un fragmento de conversación entre Kaliayev y Dora para terminar de convenceros:

KALIAYEV. Pero amamos a nuestro pueblo.

DORA. Lo amamos, cierto. Lo amamos con un vasto amor sin apoyo, con un amor desdichado. Vivimos lejos de él, encerrados en nuestros cuartos, perdidos en nuestros pensamientos. Y el pueblo, ¿nos ama el pueblo? ¿sabe que le amamos? El pueblo calla. ¡Qué silencio, qué silencio!

KALIAYEV. Pero eso es el amor, darlo todo, sacrificarlo todo sin esperar nada a cambio.

DORA. Tal vez. Es el amor absoluto, la alegría pura y solitaria, es aquello que me quema, sí. En ciertos momentos, sin embargo, me pregunto si el amor no es otra cosa, si puede dejar de ser un monólogo, y si no hay una respuesta algunas veces. Mira lo que imagino: el sol brilla, las cabezas se inclinan suavemente, el corazón deja de ser orgulloso, se abren los brazos. ¡Ah, Yanek! Si pudiera olvidarse, aunque sólo sea una hora, la atroz miseria de este mundo y terminar dejándose llevar. Solo una horita de egoísmo, ¿puedes imaginarlo?

KALIAYEV. Sí, Dora, eso se llama ternura. (pp. 313-14)


Todo el teatro de Camus es maravilloso. La edición de Debolsillo recoge Calígula, El malentendido, El estado de sitio y Los justos, cuatro obras perfectas. Es un volumen para leer y destrozar, subrayar cada dos frases, volver atrás para releerlas y subrayarlas en otro color, cerrar el libro un rato, llorar un poquito y seguir con la siguiente obra, para repetirlo todo de nuevo. Si me centro aquí sólo en Los justos es porque no terminaría nunca si me detuviera en cada una de ellas. Y porque si alguien no sabe por dónde empezar, o no tiene suficiente tiempo (o energía. que es quizás más importante) para leer las cuatro obras, recomiendo que al menos lea esta. Yo no me he callado desde que la leí.



Una de vuestras libreras,

Laura (Lippert)

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